Historia de una lucha popular


La historia que voy a contarles hoy, transcurrió hace muuucho, muuucho tiempo, en un lugar imaginario… una pequeña comarca, llamada Coronel Bordego, gobernada por un príncipe regente de apellido Corzano.

El príncipe regente no era un mal tipo, pero ocupaba el trono vacante, desde que su padrino, el canallesco Vitto Cregone abdicara en su favor, para poder emprender una expedición destinada a conquistar la remota pero muy rica Legislatum Platensis, una isla poblada de rufianes y ladrones, que vivían a expensas de los habitantes de las empobrecidas comarcas, que pagaban elevados tributos a cambio de educación, seguridad, salud y justicia, servicios que en realidad casi nunca recibían, porque los rufianes muy pocas veces se ponían de acuerdo en el modo y tiempo en que debían prestarse.

Lo cierto es que Don Vitto Cregone, nunca llegó a desembarcar en la codiciada isla, los lugareños de Bordego se negaron a financiar su temeraria expedición, felices de haber logrado, por lo menos una vez, engañar al astuto anciano, quien había abdicado a favor de su ahijado, convencido que su viaje de conquista ya era un hecho.

Pero la felicidad duró poco en Coronel Bordego, porque en verdad, el nuevo príncipe regente, antes de ser coronado, había sido objeto de una serie de intervenciones quirúrgicas destinadas a extirparle gran parte de su inteligencia y casi toda su voluntad, limitando sus capacidades, casi exclusivamente, a obedecer las directivas de la corte de adulones, obsecuentes y parásitos, que durante años se habían beneficiado con las dádivas y prebendas que les otorgaba su señor anterior.

El sistema de premios y castigos instaurado por Don Vitto Cregone funcionaba a las mil maravillas. Su corte le obedecía como siempre e influía en todas las decisiones que tomaba el temeroso y mentalmente amputado, príncipe regente.

Así llegó el día en que un grupo de vecinos cometió la osadía de frustrar un capricho del anciano, que había decidido quedarse con la memoria y los recuerdos de todos sus súbditos, adueñándose mediante escabrosas e inconfesables maniobras, de todos sus libros.

De más está decir, que la reacción popular no se hizo esperar… y los pérfidos planes del anciano sátrapa, se vieron felizmente frustrados para siempre.

Pero como es de imaginar, estos personajes no suelen olvidar fácilmente el odio que despiertan en ellos, aquellos que los contrarían. Así que un buen día, enviaron al mejor de sus esbirros, con la abyecta misión de hacerse amigo de este grupo de vecinos y desde adentro, tender todo tipo de acechanzas, tejer intrigas, propagar calumnias y fomentar divisiones. Todo esto, con la única finalidad de debilitarlos, cansarlos y lograr así, que al final, ellos mismos se dieran por vencidos, entregando a la regencia, los libros en disputa.

De mirada torva y lasciva, el obeso traidor no perdió ocasión para sembrar la discordia entre los vecinos, recurriendo a toda bajeza imaginable, pero una y otra vez, sus planes resultaron frustrados. En su calva, vacía y recalentada cabeza, las ideas se negaban a florecer. Una vez más, no sabía como presentarse ante “el padrino” que ansioso esperaba sus noticias.

El tiempo corría y las prebendas y gratificaciones con que el regente había premiado su rastrera actitud ya empezaban a poner en evidencia, su condición de traidor.

El tiempo pasó y los vecinos nunca se cansaron de velar sus libros, por el contrario, la condenable actitud de los sátrapas se puso en evidencia y el grupo de vecinos no paró de crecer y prosperar.

Y tanto creció el grupo, que un día decidió no soportar más las arbitrarias actitudes de Don Vitto, la pasiva mediocridad de su descerebrado discípulo, ni las canalladas y desplantes, que a todos prodigaba, la obsecuente corte de sabandijas.

Y de tanto cuidar sus recuerdos… recordaron… y de tanto atesorar sus libros… los volvieron a leer… y así supieron nuevamente quienes eran… porque se enteraron de quienes habían sido…

… y salieron de sus casas y reconocieron en el rostro de sus vecinos a muchos de sus amigos olvidados… y entendieron, por qué un día, un pequeño grupo de malandras se atrevió a pensar que les tenían que quitar sus libros…

Y como lo único que hace falta, para que triunfe el mal, es que la gente buena no haga nada, esta vez, ganaron los buenos, que nunca se habían dado cuenta que eran tantos…

Y los chicos, se convirtieron en ávidos lectores de todo lo que habían escrito muchos grandes y hasta los soldados se pusieron a leer todo lo que habían escrito los indios y estos no dejaron de leer a los soldados, ni siquiera para fumar la pipa de la paz… que nunca más se apagó, porque a los indios y soldados les gustaba fumarla por igual.

Y los malos de la comarca, que eran muy pocos, se asustaron de verdad y empezaron a portarse bien, sobre todo, cuando vieron que los soldados y los indios y los amigos de los indios, que eran muchos, se pusieron a leer y empezaron a entenderse.

Lo que nunca supieron fue el destino del traidor. Algunos cuentan que lo vieron pasear por Loma Hermosa donde trabaja de pelota para un equipo de gigantes, otros dicen que se puso una peluca rosa, se internó en el mar y ahora está de cajero en un banco de aguas vivas.





FIN
 
Ir Arriba